Por Graciela Lecube Chavez
(Copyright) Todos los derechos reservados
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Una mañana soleada una tortuga y un conejo se toparon
a lo largo de una senda estrecha llena de vueltas y canales.
-- ¿Adonde vas tan apurado, conejo? -- No conversaron
porque el "orejudo" ignoró de la vieja tortuga sus señales.
Como la pobre estaba acostumbrada a arrastrar su casita
sin que nadie le prestara atención, respiró hondo y continuó
paso a paso como siempre hacía, ignorando la maligna risita
del conejo burlón, que se detuvo a ver cómo se las arregló.
Créase o no, ambos llegaron adonde querían llegar sin mayor
diferencia de tiempo. Mientras el conejo se detenía a criticar
lo que la tortuga hacía, ella por la ruta avanzaba sin temor,
concentrada en lo suyo, sin ocuparse en terceros y sin burlar
al conejo atrevido. -- La vida le enseñará que necesita el amor
de otros -- pensó ella con convicción -- si piensa en avanzar.
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