lunes, 24 de abril de 2017

José Salvador en Nueva York


Azael Alberto Vigil 

© 2017


Érase una vez, un muchacho llamado José Salvador siempre soñaba con ser un futbolista, un actor, un rapero o un catedrático cuando fuera grande. Llegó a Nueva York desde el pulgarcito de América, como es conocido El Salvador su país de origen, cuando apenas tenía cinco añitos de edad. Ahora tiene doce años y asiste al sexto grado a la escuela “Dual Language, The Dream Makers,” localizada en Park Slope, Brooklyn, justo a una cuadra del Mac Donald. 

Tiene muchos amigos y amigas y goza de una popularidad favorable. También tiene una colección de revistas cómicas que sus amigos adoran. Escribe poesías y canciones y las canta o recita en reuniones familiares. Todos en el barrio pronostican que José Salvador triunfará en la vida, su talento es innato y natural. Cuando hay eventos en el teatro de la escuela, es a él a quien invitan para ser el maestro de ceremonias. Es querido y respetado por maestros y compañeros por igual. Es estudioso, respetuoso y habla y escribe bien en inglés y español. Es un mini-Albert Einstein en desarrollo.

Al terminar el sexto grado, en el receso escolar, algo extraño comenzó a suceder. José Salvador entabló amistad con un grupo de jóvenes de su misma edad que llegaron a vivir al barrio. Pero estos chicos (cipotes) tenían distintos planes y visiones hacia un futuro mejor. Odiaban la autoridad, y se dedicaban a meterse en problemas callejeros.

Sus padres se preocuparon mucho, y no sabían que hacer con él. José Salvador de la noche a la mañana se volvió insoportable, y ya no quería hablar español ni mucho menos regresar a la escuela. Sus nuevos amigos le habían metido en la cabeza que personas con el talento que él poseía no necesitaban aprender Matemáticas, Ciencias o Artes del Lenguaje y que era mejor no ir a clases y preferían irse a deambular por las calles pintando graffiti en los trenes y paredes. Estos muchachos no creían en la educación y creían que en la vida todo es color de rosa. ¡Vaya que creencia más errónea!

José Salvador, aun con la inteligencia innata que poseía, había sucumbido a los elogios falsos de sus nuevos amiguitos, que dicho sea de paso, alguno de ellos ya había visitado la cárcel mas de una vez. Cuando el año escolar estaba a punto de comenzar, José salvador no fue visto en ningún lugar. Abandono la casa de sus padres y dejó de asistir a la escuela por completo. 

Un día menos pensado, el profesor Alvarado, quien había sido maestro de algebra de José Salvador, lo encontró en una esquina limpiando los parabrisas de los carros que por allí transitaban. Cuando el profesor Alvarado le preguntó por qué ya no asistía a la escuela el contestó bruscamente en inglés:

- Yo voy a ser rico y famoso y no necesito aprender Matemáticas ni Lectura. Yo soy talentoso…Ya me lo han dicho mis amigos.-

Al escuchar la respuesta de José Salvador, Mr. Alvarado le dice un poco triste: - ¿Y si tú no sabes Matemáticas como vas a contar el dinero y hacer cuenta cuando seas rico y famoso?-

José Salvador contestó un poco irritado: - Yo voy a tener empleados que cuenten mi dinero para mí. Yo voy a ser el gran jefe, el mero mero-

Replica Mr. Alvarado: - ¿Y como sabrás si tus empleados no te robaran el dinero? Pues cuando ellos se den cuenta que tú no sabes nada de números, se aprovecharan de ti. Es más ¿Y si no sabes leer ni escribir a alto nivel, como sabrás si el contrato que firmes, con la compañía disquera, no será una trampa para que trabajes de gratis sin pago o beneficios? Ya ha sucedido varias veces con muchos artistas que no supieron leer las letras chicas al pie del contrato-

De repente, José salvador entristeció y comenzó a llorar. Se recordó de todos sus compañeros en la escuela, de sus padres preocupados buscándolo sin saber nada de él. En un abrir y cerrar de ojos, se dio cuenta del error que había cometido en abandonar la escuela, sus amigos verdaderos, y su familia. No paraba de llorar. Se dio cuenta que hay amigos que es mejor no escucharles y mantenerse lejos de ellos. Se dio cuenta que su ego arrogante lo había cegado y obligado a cruzar el puente antes de llegar a el. Todavía quedaba mucho camino por recorrer. Reflexionó al escuchar al maestro Alvarado recordarle que, “herrar es de humanos, corregirse es don divino.”

Ese mismo día por la tarde, José Salvador regresó a su casa y pidió perdón a sus padres por tantas preocupaciones y noches en vela que les dio. Sus padres estaban felices de contentos que hicieron una fiesta de bienvenida e invitaron a todos los amigos y profesores de la escuela. La colección de revistas cómicas que tenía aun estaban como él la había dejado en su cuarto. Era feliz en casa y se dio cuenta del amor y respeto que sus padres merecían por sacrificarse tanto y tratar que nada le faltara en el hogar. 

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