jueves, 16 de junio de 2016

Feliz dia del Padre


¡El día del Padre es una celebración muy especial! Es un recordatorio de los grandes sacrificios y esfuerzos que los padres tuvieron y sigue haciendo por su familia. La siguiente narración que les presento es muy significativa, ya que mi padre tuvo que emigrar a los Estados Unidos en busca de mejores oportunidades al igual que lo hacen miles de paisanos. Extiendo un amplio reconocimiento a aquellas mujeres que desempeñan con coraje y tenacidad esta ardua labor de ser padre y madre a la vez. En este mismo sentido, también mi admiración para los padres solteros que con valentía hacen la diferencia en la vida de sus hijos.


Alma Polvorienta

Por Ariadna Sánchez

© 2016

A medio techo paseándose como faraona de oriente se contoneaba Bartola. Ella era una gata flaca y de pelo blanco, sus ojos azules como el inmenso cielo le brillaban como luceritos de verano. El sol radiante y potente acariciaba la mañana de mi partida. Una partida que era necesaria para el progreso. Las tortolitas adornaban la pieza de la casa, aunque se deslizaban temerosas por mi presencia hacia los residuos de las semillas que se quedaron de la noche anterior. Superman, mi perro huesudo y medio tiriciento percibía el adiós. Sus ojotes negros se hundían como presagiando mi abandono y mi miedo. El impertinente reloj y su atormentador tic-tac me recordaban que a medio día la camioneta me llevaría hacia el aeropuerto rumbo a Tijuana.

El espumeante chocolate de leche y el embelesador pan de yema me estaban esperando en la cocinita de mi mamá. Ella con mandil puesto y entre sollozos y plegarias me servía lo que sería mi último almuerzo en casa. Mi papá abrazaba un rollo de alfalfa como aferrándose a los recuerdos de la infancia que se fue como agua. Mi corazón se desgarraba como cuando le quitas la cáscara a una naranja. El dolor de dejar a mi familia empezaba hacer estragos en mi garganta. Quería hablar y no podía. Quería llorar pero mis ojos estaban secos como el desierto. Quería que las circunstancias hubieran sido diferentes no solo para mi sino para otros miles de paisanos que al igual que yo teníamos que emigrar. Entre lagrimas y recuerdos pasé el primer sorbo del caliente y dulce chocolate. Mi pequeña mochila que estaba remendada de la orilla, era mi pasaporte hacia “el otro lado”. Una estampita de Guadalupe y unos escasos pesos eran la luz de mi camino. Un camino que no es fácil pues hay una incertidumbre que ni yo alcanzo a comprender. Es un camino donde lobos y ovejas, más bien, coyotes y corderos penetran el muro que divide dos territorios tan distintos entre si. Finalmente, el sonido del claxon se escucha y es hora de salir. La tristeza en su máxima expresión se hace presente. Como una ladrona, me roba mi familia, mi tierra, mi confianza, hasta mi dignidad. Me temblaban los pies y pasé saliva como unas tres veces para no llorar. Mi madre me santiguó y me besó la frente cubriéndola con lagrimas y así dejándolas estampadas como sello permanente. Mi padre con semblante serio y pensativo, me abrazó y me bendigo. Se acomodó de nuevo el sombrero y me encaminó a la puerta. El chofer del pueblo “ya tiene el cuero curado”, pues él es quien lleva a todos los del pueblo al aeropuerto y solo con una media sonrisa me recibe porque entiende el difícil trance. Me coloco en el asiento, no sin antes echarle un último reojo a mi barrio querido. Donde mis mejores años se quedan atrapados en la memoria y haciendo eco en las paredes de adobe y ladrillo. Giro nuevamente mi rosto hacia mis padres que tomados del brazo me despiden, mientras el chofer conduce la camioneta velozmente sobre calle descascarada, dejando atrás una vez más otra alma polvorienta.