miércoles, 1 de junio de 2016

El hombre cúbico


“El niño sentado en el suelo, tomó entre sus infantiles manos un cubo, lo miró curioso, luego otro y lo acopló al anterior, así fue tomando uno y otro cubo, acoplándolos buscando formar lo que su imaginación le iba dictando. Los ojos le brillaban, reía con pequeñas carcajadas de gozo a medida que montaba un cubo sobre otro, anticipándose en el placer de observar su obra terminada. Al finalizar, se alejó unos centímetros y observó admirado a su primer hombre cúbico. El hombre abrió sus ojos, lo miró y vio a Dios. Luego de haber creado a su hombre, el niño, satisfecho, cerró sus ojitos y se durmió”
Mariela terminó de escribir su cuento en la computadora, la única luz fuerte era la de la pantalla, el anochecer ya había oscurecido la habitación y la brisa fresca movía las cortinas blancas del amplio ventanal. Sobre la alfombra el niño dormía plácidamente, sonrió con ternura, lo amaba más allá de toda razón

Guardó lo escrito, apagó la computadora y en la semipenumbra se dirigió hacia donde dormía su hijo rodeado de cubos y ese hombrecito que había armado con tanta dedicación; se agachó y con mucho cuidado para no despertarlo, lo alzó para llevarlo a su habitación. El suave cabello del niño rozó su mejilla, mientras de su boquita surgía un sonido de gozo al reconocer los brazos de su madre. En ese instante el hombre cúbico supo que su Dios era amor.

Cuando Mariela y su hijo salieron del cuarto dejándolo solo, el hombre cúbico supo que él necesitaba algo más para ser feliz, vio los cubos sueltos a su alrededor y deseó que su Dios creara un ser igual a él, alguien que nunca lo dejara solo en la oscuridad.


María Magdalena Gabetta
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