martes, 2 de septiembre de 2014

SI EL BEBÉ PUDIERA HABLAR

-Graciela Lecube-Chavez-

©   2014



Ahora que empiezo a fijar mis ojitos,
veo con claridad a mamita y a papito,
a mis hermanos Diego y Tito, de dos
añitos, montado en su triciclo dando
chirridos porque aún no sabe hablar.
El perro, llamado Cabezón, de mi
no se separa y bajo la cuna se tira
panza arriba como gran dormilón .
Noche y día me visitan mis padrinos,
una parejita de mexicanos vecinos.
Mis cuatro abuelitos viven lejos
-no se dónde es- y deben ser ricos
o quererme mucho, porque llaman
y llaman a cualquier hora y ratito.
Llevo poco en este mundo, pero
hay cosas que aprecio más que
otras con sentimiento profundo:
la cuna, el chupete, la almohadita,
el biberón con la leche tibiecita,
el agua con muchas burbujitas,
aromada con pétalos de rositas.
Me gusta la casa donde vivo...
siempre oigo risas, murmullos,
música cadenciosa y suspiros.
De haberlo sabido antes, no me
hubiera hecho esperar y al doctor
le hubiera dicho: " Sáqueme ya
de esta piscina oscura, donde
doy pataditas sin saber nadar".