sábado, 1 de octubre de 2011

UN IMPOSIBLE



Graciela Lecube-Chavez
 
©  2011


 Don Raymundo despertó
malhumorado porque durante
la noche las gallinas del corral
hicieron tanto ruido que llegaba
hasta la casa central, la que compró
cuando se casó con Eli Aldaba,
la joven más bella de Oligó.
 
Como siempre, la recordó,
más aún desde que falleció.
Se secó los ojos y hablando
entre dientes una linterna cogió
y al gallineró se encaminó.
Allí estaba sucia y aturdida
su hijita de tres años apenas.
 
Elenita, al sentir la luz encima,
balbuceó: “¿Ma- ma- mi -ta?”
Don Raymundo tiró la linterna
al suelo y a la niña recogió,
sin saber qué decir ni preguntar.
La pequeña se calmó al sentir
los brazos fuertes de su papá.  
 
A Clotilde, el ama de casa
que llegó corriendo, ordenó:
“Déle un baño caliente
mientras voy a la cocina,
y luego llévela a mi recámara”.
Pasado un rato, con un vaso
de leche, preocupado, regresó.
 
La niña enseguida se durmió
pero él no dejaba de pensar:
“Nunca sabré lo que pasó...
pero es propio que la extrañe
y la busque a toda hora y lugar,
porque niña al fin quiere seguir
al fantasma de su mamá”.